Nos veíamos a diario, nos mirábamos siempre.
Yo tan joven y él tan casado. Era imposible pero no podía evitar desearle.

Era alto, una espalda ancha, unos brazos fuertes, sonrisa traviesa, unas manos que deseaba que tocasen mi culo de una vez. Cuántas veces me masturbé con esa imagen.

Me lo encontré una noche de copas, sí, típico. Lo divisé al fondo del bar, con dos amigos. Hice todo lo posible para que me viera, llevaba un vestido muy corto, negro, de tiras y unos tacones que hacen justicia. Me miró, como hacía siempre.

No sé cómo pero en cuestión de minutos estábamos hablando, en un reservado de una discoteca a la que nos habíamos ido. Estábamos en un sofá muy apartados, solo nosotros, el eco de la música de fondo, oscuro con luces de neón. Empezamos a hablar muy pegados, yo sentía el corazón en mi vagina, como un compás que no hace otra cosa que mojarme. Me pone la mano en el muslo mientras me habla y me mira. Sube y al llegar a la ingle se para. No llevo sujetador aunque mis pechos son bastante grandes.

Mira hacia todas partes para confirmar que seguimos solos. Me baja un tirante del vestido, me besa la clavícula, me deja mis grandes pechos desnudos, los mira y me los come. Succiona mis pezones, los lame, le acaricio el pelo mientras juega con ellos, le apasionan y yo estoy que exploto. Noto lo dura que la tiene solo con mirar. Sigo sentada, se pone de rodillas frente a mí y me sube el vestido hasta el abdomen, me quita las bragas y no deja que me abra de piernas. Me besa el coño, lo disfruta, estoy que me va a dar algo, solo quiero abrirme. Y me abro. Me levanta las piernas, me pone los pies sobre sus hombros y empieza a comer hasta que me corro y empieza a temblarme hasta el alma. Lo siento de golpe y me subo encima, quiero tenerlo dentro, estoy muy dilatada y mojada. La meto y noto como si volviese a explotar; follamos mientras sus manos por fin agarraban mi enorme culo, todo suyo, se corre en él.

Fue una noche increíble.

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