Estoy tumbada en la cama, mirando el techo esperando que pasen los minutos para nuestro segundo encuentro. He decidido que recibirle con mi mejor lencería, medias y liguero a conjunto le gustará lo suficiente para notar su erección lo más pronto posible.
A la cabeza me vienen los recuerdos de aquella noche de verano en su apartamento después de unas copas y una larga conversación sobre su colección de vinilos que nos sirvió como excusa para lo que ambos teníamos ganas de hacer desde el momento en el que me recogió en la estación de tren.

Ahora, mientras mis pies juegan con las sabanas, recuerdo perfectamente como me besó aquella noche, como me desnudó y admiró mi imperfecta belleza con ganas de no terminar nunca, cómo sus ojos verdes me admiraban mientras se acercaba delicada y decididamente a mis pechos, cómo nuestros cuerpos jugaban juntos y sin saber que no volveríamos a vernos hasta pasado un año.

El timbre suena. Por el interfono escucho su profunda voz y las piernas me tiemblan pensando en sus besos, sus caricias, su determinación en todo momento. Me suelto el pelo, rizado y despeinado, salvaje, y me miro una última vez al espejo antes de abrir la puerta.

EL Sr. D tiene diez años más que yo y unas incipientes canas en su cuidada barba, sus ojos me examinan de arriba abajo tras cerrar la puerta y una media sonrisa aparece en su cara antes de empujarme bruscamente contra la pared y empezar a besar mi cuello y mis pechos como si de un oasis en el desierto se tratase. Mi respiración se agita, mi cuerpo es atraído como un imán hacia el suyo y noto su erección, dura, caliente e imponente. Deseosa de liberación.

Sé que le gusta mandar, pero esta vez no va a jugar él solo. Le empujo contra la pared de enfrente y comienzo a ser yo la que besa su musculoso cuerpo deshaciéndome de la ropa apresurádamente. Me pongo de rodillas y desabrocho su pantalón para comprobar que me espera con ganas. Comienzo a lamer lentamente de abajo arriba y deteniéndome un poco más en la punta para observar como sus ojos verdes mientras me agarra del pelo. Se nota que lo está disfrutando, pero, aun así, el Sr. D disfruta más dando placer. Me lleva a la cama y me quita la ropa interior sin darme cuenta, dejando las medias y lamiendo mis pies por encimas de ellos. Un escalofrío recorre mi cuerpo y decido que es demasiado bueno como para volver a tomar el control de la situación, el Sr. D vuelve a dominar y me encanta. Su lengua sube lentamente por la pierna y se acerca despacio a la entrepierna, la humedad de su lengua se junta con la mía y no puedo evitar soltar un gemido al notar su calor y sus movimientos. Una de sus manos continúa recorriendo mi cuerpo hasta llegar a mi pezón derecho, rozándolo primero y apretándolo después. Mi cuerpo se estremece y mi cadera se eleva buscando su boca deseosa de mí.

Con bastante agilidad, me da la vuelta dejándome bocabajo en la cama y lamiéndome mientras sus dedos se agitan para provocarme y hacer que gima aún más. Se desnuda del todo por fin y puedo admirar su cuerpo, sus tatuajes y su apetecible erección que me deja probar acercándose a mi boca. Me coge y me sienta encima suyo y es entonces cuando nos unimos y le noto muy dentro de mí, caliente y completo mientras saborea y muerde mis pezones. Llevo un año esperando este momento, esperando que nuestros cuerpos se vuelvan a unir y notar su deseo. Me azota y me coge del cuello con firmeza, como a mí me gusta y yo voy moviendo mis caderas, sintiéndole muy adentro y rozándome a la vez, observando su cara de placer al besarle y morderle, comiéndonos, aflojando y acelerando el ritmo para hacer el momento más largo. Me agarra del culo y nos levantamos aún con nuestros cuerpos unidos para tumbarme de espaldas en la cama y dejarme a merced de sus movimientos, cada vez más continuos y bruscos, mordiendo mis pechos y agarrándome en cada sacudida hasta que llegamos al clímax entre gemidos entrecortados que no volveremos a compartir hasta dentro de un año.

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