¿Qué sentido tiene la vida?, me preguntaba, mientras observaba a mi mujer, la persona a la cual amo intensamente, masturbarse al frente mío. Los dos sobre la cama, completamente desnudos uno al frente del otro, a piernas abiertas, viéndonos masturbar mutuamente. Los dos utilizamos el mismo lubricante para hacer disfrutar nuestros cuerpos. Siempre nos ha encantado hacer esto, desde que empezamos nuestra relación de pareja. Nos encanta estudiar al otro mientras lo hace. Recuerdo que después de estudiar nuestras materias de la universidad, nos gustaba estudiarnos frente a frente, haciéndolo, realizando algo que a los dos siempre nos gusto desde adolescentes que es el masturbarnos.

A ella le gusta ver como estrujo con fuerza mi pene duro y como mis testículos danzan al compás de mi “sube y baja”. A mi me gusta ver su vulva húmeda y dilatada, mientras frota su clítoris. Los dos nos sonreímos al ver que esto es maravilloso. He aprendido mucho de ella al verla masturbar. Cuando uno de los dos se acerca al otro, es nuestra forma recurrente de decirnos sin palabras, simplemente, que ya deseamos jugar de a dos. Desde aquellos años de universidad a la fecha, no me canso de verla disfrutar de ella misma, como lo estoy haciendo ahora.

La veo jadear de placer, mientras toca su clítoris y mira mi pene, el cual siento como bombea más y más sangre a cada gemido de ella, veo su boca entre abierta y su mirada que demuestra tal placer, veo su vulva tan deslumbrante, tan exquisita, que deseo ya penetrarla. Ella nota como me acerco sutilmente, mientras no paro de masajear mi glande, la miro a los ojos y ella sonríe, como diciéndome “ya no aguantas mas”, a lo cual suelto una leve risa. Ella retira sus manos y las deja apoyadas en la cama, veo entonces toda su bella vulva, húmeda, dilatada, tan brillante por el lubricante que había usado. Ella me mira y levanta las cejas, como diciendo “¿que esperas?”. Fue entonces que yo la tome de los muslos, y empecé a acariciar sus labios vaginales y clítoris con el glande de mi pene. La veo disfrutar, y levantando sus piernas y abriéndolas mas, le meto suavemente mi pene en su vagina, poco a poco, hasta introducirlo todo, llegando a chocar mis testículos con su vulva. ¡Como me excita mi mujer, Dios!, Empiezo rápidamente a mover mis caderas, ya todo entraba fácilmente, la lubricación y la dilatación de mi mujer estaban perfectas. Pronto la invite a que se levantara para quedar los dos arrodillados, ella sentada sobre mis piernas, y acercando con mis manos su cuerpo para disfrutar de sus bellas tetas, empecé a lamer sus pezones con mucha sed de ellas. Hay tenia todo el esplendor de la mujer que amo, de repente la escucho gemir más y desee opacar sus gemidos con mis besos, sentía toda su agitada respiración sobre mi rostro, mientras no perdía la concentración de mis movimientos que golpeaban con ímpetu su suelo pélvico. Bruscamente la tendí en la cama y le di con mas intensidad mis embestidas, profundizando más y más en el interior de su vulva, mientras mis brazos los apoye alrededor de su rostro, y sus piernas me rodeaban mi cintura, apretándome, como invitándome a que entrara mas y mas en ella. La mire a los ojos, y mientras jadeábamos de placer, le repetí una y otra vez: “te amo… te amo… te amo”, y la besaba. Ella entre el placer me respondió: “y yo a ti mi amor, ¡te amo!”, mientras de fondo se escuchaba como nuestros húmedos genitales “luchaban entre sí” para darnos el mayor placer posible.

¡De esto se trata la vida pensé!, ¡de ser capaz de amar a otro con toda nuestra energía, con todo nuestro aguante, con todo nuestro ímpetu, y con todo lo que tenemos entre las piernas!, ¡porque amar realmente nos satisface!.

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