Lo veo salir de la ducha cubierto solo por una toalla, el pecho desnudo y mojado. Jadeo un poco e intento esquivar la mirada. No puedo. Es hermoso, la piel tan blanca, el vello en el pecho, la espalda esbelta, el cabello libre, la sonrisa pícara y encantadora. Me muero de deseo. Sé que él es heterosexual, pero no puedo evitarlo. Sólo de verlo siento que me suda la frente y que la sangre se me acumula en el sexo. Cómo quisiera que me empujara contra la pared y me follara…
Me muerdo el labio.

—¿Qué mirás, maricón? —me dice de repente, con más cariño que desdén. Doy un respingo. Tengo cero en disimulo. De qué vale mentir a esta altura del asunto…

—Y… a vos, guapo, ¿a quién más? —respondo riendo. Probablemente lo tome en chiste. Se ríe, un poco soberbio. Parece halagarlo gustarles hasta a los hombres.

—Todo el mundo dice que vos me tenés ganas —suelta de repente. Me tenso un poco, nervioso. Finjo no oírlo, y al segundo él agrega —: ¿Será verdad…?

—Estás muy creído, Johnny —suelto queriendo aparentar desinterés. Pero tengo la piel de gallina y la polla dura. Eso tiene que notarse. Suspiro —. Igual qué te puede importar, total sos hetero. Tranquilo que no te voy a saltar encima —agrego sarcásticamente, porque yo tengo menos masa muscular que un gato, nada que represente una amenaza para nadie. Él se ríe más fuerte.

—Tranquilo, que no te tengo miedo —. Hace una pausa—. En realidad… me excita un poco la idea de que me tengas ganas.

Lo miro sorprendido. Siento mi sexo latir. ¿Se estará burlando de mí?

Me mira fijo y sonriendo lleva la mano hacia abajo, acariciando su vientre, como si fuera a sacarse la toalla. Abro mucho los ojos, incapaz de apartar la mirada. Tengo la boca entreabierta y se me escapa el aliento. Él se ríe aun más.

—¿Te gustaría? —sugiere, alzando una ceja. Lo miro confundido.

—¿Qué…? —inquiero. Me mira pícaro. Sin decir palabra, empieza a desatársela, pero muy lentamente, dándome tiempo de detenerlo. Presiono los labios y respiro agitado. Vuelve a mirarme interrogante, y sin saber lo que hago, asiento.

Deja caer la toalla y lo observo desnudo. Me late mucho el corazón. Está aun más bueno de lo que pensaba, tiene la polla más linda que haya visto nunca. Esbelta, fuerte, deliciosa, rodeada de vello púbico. Trago saliva.

—¿Querés comérmela? —pregunta de repente. No doy fe a mis oídos, pero me urge tanto hacer precisamente eso que no le doy tiempo a cambiar de opinión. Me acerco a él y me agacho en frente suyo. Él sonríe sorprendido por mi repentina determinación, y siento que su pulso se acelera por la expectación. Su pene se endurece y yo me muero de deseo. Nunca hice esto antes, pero no lo pienso dos veces. Lo tomo en mis manos con delicadeza, abrazo el tronco con firmeza y me llevo el glande a la boca.

Lo oigo gemir en el instante en que lo toco, y eso me pone aun más. Quiero que se sacuda de placer dentro de mi boca, quiero darle un orgasmo al chico más sexy de la escuela.

Empiezo a subir y bajar por el pene, con cuidado, jugando con el prepucio, lamiendo el glande. Siento cómo se endurece cada vez más y saboreo sus fluidos con deleite. Presiono el glande con los labios, succiono con suavidad, sorbo a la par que presiono el tronco con mis manos y acaricio un poco sus testículos y sus muslos. Su respiración se acelera y yo aumento la velocidad. Hundo más la boca y su polla me roza la garganta. Siento mucho morbo, y presiono cada vez más.

Entonces él me sujeta la cabeza con las manos, me aprieta con fuerza y empieza a embestirme, a follarme la boca. Me siento sometido a su poder y eso me excita cada vez más. Él está muy caliente y parece haberse olvidado de mí o de las circunstancias, sólo me penetra la boca con fuerza, con necesidad de correrse. Lo dejo hacer, siento cómo me presiona más a cada vez, cómo se hunde en mi garganta. Apenas puedo respirar, y siento mi polla muy, muy dura. Hago fuerza con los labios para darle más placer y empiezo a tocarme el sexo con las manos. Jadeo, no puedo tolerarlo más. Cómo desearía que me tocara él a mí, que me poseyera todo el cuerpo. Lo imagino follándome contra la pared, embistiendo contra mi culo como lo hace con mi boca, y a más me excito más fuerte me toco y siento el éxtasis crecer.

Con un último y profundo gemido alcanza él el clímax, y siento cómo su semen se dispara en mi boca. Lo siento tieso, invadido por el orgasmo, intentando contener las sacudidas. Aparto un poco la boca para poder lamerle un poco más el glande y dejo que su corrida bañe mi cara y resbale por mi cuello. Quiero succionar cada milímetro de ese semen, quiero bañarme en sus fluidos. Trago, y lo lamo un poco más, sin dejar de tocarme.

No es suficiente. Estoy súper cachondo y él se aparta, sin comprender lo que acaba de pasar. Huye hacia uno de los cambiadores, pero yo ya estoy más allá. Me dejo caer contra una pared, y me masturbo con ansias, cada vez más fuerte, sintiendo el resto de su semen sobre mí y repitiendo en mi mente la imagen de su cuerpo corriéndose, desbordado de placer. Esa ola me inunda y pronto alcanzo mi propio orgasmo. Jadeo y me acaricio el glande, embadurnándome en mi propio semen, mezclándolo con el suyo que aún moja mi cuello. Sonrío, aún jadeando, sacudido por temblores mientras mi cuerpo vuelve a encontrar la paz.

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