Despertarme y sentir la brisa del mar recorriendo mi piel. Esa corriente subiendo por mis piernas y rozando mi figura desnuda en la cama. Abrí los ojos y contemplé entre sábanas blancas mi bonito cuerpo moreno y delgado.

Sentirme sola una mañana de verano, en una casa tan grande y recién empezado el día. Algo en mi interior exigió amor, caricias y mimos.

Toque mi tripa, estaba muy suave y caliente, me acaricié poco a poco subiendo por mis senos pequeños pero redondos. Las caderas se me movían despacio hacia adelante y atrás, con unos gestos que me recordaban a cuando se siente el maravilloso placer del sexo.

Empecé a bajar mis manos por la cintura llegando a las caderas, las piernas se abrían poco a poco para dejar paso y mis ganas empezaban a ser notables.

Dirigí mi mano cerca del coño. Desprendía un agradable calor y sentía todo húmedo.

Comencé a acariciar mis labios superiores y intenté profundizar hasta llegar a mi clítoris, que se notaba agrandado. Frote la la punta del dedo y aprecie un gran gusto.

Saque la lengua y la resbale por mis labios dejándolos mojados.

Mis dedos ejercieron presión y mi cuerpo se tensó, me estaba poniendo muy cachonda, tenía ganas de gozar, así que los dedos se acercaron a mi vagina que parecía arder.

Mi dedo índice quedó parado en el agujero de entrada, nada más para apreciar mis ansias de dicha.

Me lo fui metiendo poco a poco, mi corazón se acelera, las pulsaciones y mi satisfacción fu plena.

El placer llego cuando este dedos fue acompañado de un segundo. Mis piernas rígidas. Sentía como entraban y salían lentamente. Todo estaba empapado. Mi deleite se trasladó al clítoris, por un momento, que con la mano izquierda sujetaba mis labios y con mis dedos llenos de lubricante, de mi interior, masajeaba para contentar mi zona externa que también me pedía caricias.

Mis ganas iban a más y ya los dedos me sabían a poco, cuando vi lo que me haría llegar al orgasmo ese día…

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