8 a.m. y sigo despierto, noche de locura y Arehúcas. La playa está ahí y me pide estar desnudo. Agua cristalina del Sur de Maxorata, fría y piel gallina, el alcohol equilibra la temperatura y ya puedo notar cómo olas pequeñas, pero intensas, rompen contra mi pelvis.

Una serie de olas tras otra, sigo creyendo que soy yo quien las rompe, como si estuviera follando con el mar. Miro al cielo y no hay nubes. Me dejo caer boca arriba y noto la arena fina que raspa mi espalda. Tengo los huevos flotando y el resto arrugado por el agua y el frío.

Es orgásmico. Toda la vida cerca de ella y, hoy por fin, naturaleza y yo hemos follado. No pudo ser mejor.

Dos gritos de libertad que desgarran mi garganta y se pierden en dirección a África.

Kilómetros de arena, un pequeño barranco y algún madrugador; únicos testigos de semejante polvazo.

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